Cuerpos desobedientes, 7 años después

He dudado mucho hasta decidirme a poner este documental en YouTube. No sabía hasta qué punto podía interesar, pero sobre todo temía que el paso del tiempo le hubiera hecho perder vigencia. Sin embargo, parece que estaba equivocada.  Resulta que el 16 de septiembre pasado recibo un mail de una tal Silvana De Sousa, profesora de Antropología de la Universidad de Entre Ríos (Argentina), preguntándome por este documental, solicitándome acceso al mismo de alguna manera. Me explicó que imparte una asignatura de Antropología y género para alumnos de Psicología, que podrían  beneficiarse de un material como éste, ya que le parece fundamental que se cuestionen la forma en que el ser humano construye el género.

¡Wow, una profesora de Antropología en Argentina! Así que, según parece, existe interés académico después de todo. Me gustaría saber cómo tratan el tema del género los antropólogos españoles… Sé que mi amiga y tocaya Olga Viñuales lo trata sabiamente en sus libros y conferencias, y hace años dimos juntas un taller sobre género en la UIB, pero no es profesora de universidad. Hasta ahora no tengo noticias de que se hable de transexualidad en ninguna especialidad universitaria, salvo como enfermedad mental en psicología y medicina…

Fotograma de Cuerpos desobedientes, rodado en septiembre 2005
Volví a ver Cuerpos desobedientes el mes pasado, cuando recibí la petición de Silvia. Para mi sorpresa, resulta haber envejecido muy saludablemente desde que colaboré en el proyecto, hace 7 años. De hecho, [nota frívola] yo he envejecido bastante peor 😦 [fin nota]. 

Es un trabajo muy bien hecho, en el que los reporteros demuestran mucha sensibilidad y claridad de ideas (Andrea Planelles y yo nos encargamos concienzudamente de eso). Se trata con rigor la diferencia entre travestismo y transexualismo, eligiendo muy bien a las/los informantes, con un excelente trabajo de edición. Eso sí, el documento hay que verlo con un refresco y palomitas, porque son 46 minutos, ni uno más, ni uno menos. Espero que tengáis la paciencia de verlo entero. Merece la pena.

Homenaje a las que nos abrieron camino

«Si on est lumineuse, on est porteuse d’un message très positif»
‘Si eres luminosa, eres portadora de un mensaje muy positivo’


Ha sido Marga, con su último post sobre la canción Celles qui aiment elles  (‘Las que aman a ellas’, mi nuevo vídeo de cabecera), la que me ha traído la música y letras de Marie-Paule Belle al presente consciente. 

Este último tema -incluido en su último disco– me ha hecho llorar, como comento en su post, y también digo en los comentarios al vídeo de Youtube. ¿Sensiblera? Puede ser, pero no me avergüenza emocionarme cuando una grandísima cantante dedica un recuerdo a las lesbianas que se amaban en secreto, reconociéndoles el mérito de nuestra libertad actual.

¡Qué panzada a llorar temprano por la mañana, por Diosa!

Casi había olvidado que La Parisienne, parodia de un tema de Offenbach, siempre me hizo muchísima gracia. Aparte de ser disco de oro en Francia en 1977 (yo vivía en Biarritz entonces), es un monumento a la rebeldía contra las modas, gran parte de mi filosofía de la vida. Entonces no sabía que Marie-Paule era lesbiana. Ni siquiera yo misma sabía nada de mí.

Os dejo disfrutar con ella… 
[Post editado a las 13:09 del mismo día]

Capítulo Uno – Una mujer… sin serlo

No soy mujer, soy lesbiana.
Monique Wittig

Curiosa frase, ¿verdad? A muchas de nosotras nos produce cierto rechazo. Por un lado, es cierta, implacablemente cierta. Por otro es triste, clamorosamente triste.

La Wittig jamás imaginó (o quizá sí) la cantidad de ampollas que levantaría diciendo eso. Es difícil meter tanta pólvora en un solo cartucho, mucho más reventar tantos moldes con un solo artefacto. ¡Bum!

Conservas dos recuerdos muy nítidos en tu memoria cuando explicas desde cuándo sabes que eres lesbiana. Son hechos simples, vírgenes, sin desarrollar, fosilizados en su pureza, como rocas de referencia en un camino de montaña a las que regresas para no perderte. No son pruebas científicas de nada, porque no se trata de eso. No te hace falta demostrar nada.

Es curioso, cuando dos lesbianas se conocen, pronto surge esa pregunta:

“¿Desde cuándo…?”

Entre heteros, no se plantea desde cuándo lo eres, ni por qué o cómo “te hiciste” hetero. Se presupone que lo somos por defecto, que la homosexualidad, al ser excepcional, necesita justificarse. Si encima has tenido hábitos, o perpetrado actos hetero, por muy recontramaribollo que seas a todas luces, casi necesitas pasar por un jurado popular para que te absuelvan o condenen. Endeluego…

Con 13 años, tuviste tu primera experiencia sexual. Tu prima y tú os llevabais bien, era una buena cómplice, y el ambiente familiar de tus tíos era propicio para la intimidad, mucho más relajado que en casa de tu madre.

Sólo fue una vez, no tu primera novia. Tampoco pasó nada excesivamente intenso ni apasionado, y desde luego ella nunca tuvo visos de corresponderte más allá de un juego fugaz. Para ti era algo más, para ella no.

La has visto poco desde entonces. No habéis vuelto a mencionar la aventura en ninguna conversación. Apenas alguna mirada cómplice. También sabes que quien lea esto y os conozca sabrá de qué estás hablando, aunque han pasado ya 30 y pico años.

Ella no rechazó tus caricias. No te impidió que le desabrocharas la camisa. No protestó ni antes, ni durante, ni después de que la besaras. Te sentiste bien, sin saber muy bien por qué, besándola y acariciándola., tumbadas en lo alto de aquel enorme bloque de goma espuma de la fábrica donde trabajabais. Aún hoy te preguntas cómo conseguisteis subiros ahí.

Una travesura casi inocente, tu primer contacto erótico, la primera piel que te hizo sentir algo, la primera chica entre tus manos. No importa que para ella seas la única mujer que la haya tocado así, no importa que se casara de penalti apenas un año después. Ni siquiera importa que tu tía os interrumpiera antes de que llegaseis más lejos. Tenías 13 años, no fue con un chico, aunque luego los hubo, fue hermoso, fuiste tú misma por unos momentos, tu primera vez. Y volverías a hacerlo en las mismas circunstancias.

En esa misma fábrica conociste a María Luisa. Mmmm, bueno… más bien ella te conoció a ti. Corría el año 75 y soplaban vientos nuevos. No es porque Franco agonizara. Soplaban y habrían soplado igual: en la memoria y los corazones la política ni pincha ni corta.

Esta vez fue ella la que se fijó en ti, y la recuerdas porque era una mujer… sin serlo.

Nunca supiste si María Luisa era lesbiana, aunque si conocieras a otra como ella hoy, no te cabría la menor duda. Pelo corto, sin maquillaje, traje de chaqueta-pantalón y maletín. Aun hoy, en una mujer de su edad, esa imagen chocaría con las convenciones, sobre todo en el ámbito de la empresa, donde imperan las Barbies oxigenadas, con Botox hasta las orejas y liftings hasta en el carnet de identidad. Ajjj…

Te hipnotizó esa mujer, por su modernidad y valentía, fortaleza y aplomo. Y es que… era una mujer sin serlo. Tú querías ser ella, porque de ser mujer querías parecerte a ella, de las que se ponen el mundo por montera y rompen todos los esquemas.

Algo debió ver en ti María Luisa. Algo… quizá todo. Lo que tenía que ver, en realidad. Habló con tu tío y le propuso llevarte con ella, darte protección, educación, trabajo, un porvenir… Nunca sabrás si pretendía algo más, algo menos, u otra cosa. Nadie supo nunca que a ti te sedujo María Luisa tanto como su propuesta. Lástima que tu tío la rechazara de esa forma tan brutal.

“No te vuelvas a acercar a
ella”.

Tendría motivos para pensar lo que pensó, o se equivocó, nunca lo sabrás. Para él estaba claro que ella era un peligro del que tenía que protegerte. Poco podías hacer tú para salir de dudas y correr ese riesgo. Lástima.

Tenías 13 años en aquel 1975, y ya estaba claro que eras mujer, lesbiana y con una inteligencia superior a la media, aunque todos querían que fueras niña y hetero-tonta. Seguramente María Luisa se dio cuenta de eso cuando te conoció. Probablemente por eso se atrevió a hacerle esa propuesta a tu tío. Quizá tus tíos quisieron evitar que ella te colocara en el lugar que te merecías.

En aquel año 75 aún era demasiado difícil ser mujer… sin serlo. ¿Demasiado pronto? Tal vez. Lástima.

Capítulo Cero – Pepe

Pepe, el tío Pepe, te visitó por primera vez cuando tenías 9 años. No es un récord mundial, pero vaya…

Desde entonces, tu madre y todas las mujeres a tu alrededor te advirtieron de los terribles peligros que corrías si dejabas que se te acercaran los tíos. Quizá esas señales de alarma, tan intensas y reiteradas, te marcaron para siempre, quién sabe…

Desde entonces, recibes esa visita todos los meses, más o menos puntualmente.

“Ya ha llegado el Pepe, la madre que lo
parió”.

Dedicamos poco interés a pensar por qué es importante el tío Pepe. Todas sabemos quién es y cómo se las gasta el muy cabrón, aunque no lo conozcamos. Cuando visita a una de nosotras, todas las demás lo sabemos, aunque no lo veamos.

Es difícil hablar de él sin que se alternen sentimientos muy diferentes, a veces contradictorios, por dentro y alrededor de nosotras: respeto, asco, orgullo, resignación, miedo, rabia, tristeza, alivio, esperanza, desesperanza, desesperación… Aún más difícil resulta explicar por qué ninguna de nosotras se plantea en serio mandarlo al carajo, y por qué las que no lo conocemos tenemos la sensación de ser incompletas, minusválidas, marginales, malditas, menores, mierdas… ¡Qué sé yo!

Todas las mujeres recuerdan el día que conocieron al tío Pepe. Casi todas restan importancia a esa experiencia, pero tú no. Eras muy niña, quizá demasiado, pero no es por eso.

Bueno, sí… Es verdad que salías de la infancia a lo bestia. Sí, sí, en ambos sentidos: bestia la infancia y bestia la manera en que saliste de ella. Pepe es así: graba las letras M-U-J-E-R en cuanto aparece, y con ese tatuaje en mayúsculas es imposible tener una infancia digna de tal nombre.

Saltabas a la comba, llevabas vestido… una estampa de lo más infantil, rasgada brutalmente cuando te presentas en casa chorreando sangre entre los muslos. Tu madre se llevó un buen susto, se lo esperaba tan poco como tú. Lo malo es que no supo (o no quiso) ayudarte a conservar lo poco que quedaba de niña en ti.

Nunca te gustó llevar vestidos, pero con Pepe los odiaste aún más. Con 9 años dejabas la niñez y pasabas a temer la mujeridad. Demasiado pronto entrabas en la Maldición de Eva, de cuajo y sin anestesia.

La Iglesia lo llama pecado original. Original, sin duda, eso de ser culpable antes de permitirte aprender la diferencia entre responsabilidad y culpa. Desaparecida la inocencia, es imposible su presunción. Pecadora por naturaleza, culpable por decreto, con el agravante de haber nacido ilegítima y criarte en una chabola de Carabanchel. Casi ná…

Hoy en día, parece la historia de otro continente, otro tiempo, otra cultura, igualmente remotos, sin presencia en el aquí y ahora. Ahora vienes tú y demuestras que no es así, que Pepe te puso el nombre y tu padrastro el apellido, porque para tu madre era demasiado cargar con tanta vergüenza. Cuando Pepe te bautizó, su derrame tiñó de rojo el pecado de tu madre. Naciste quebrantando el Séptimo Mandamiento (actos impuros o adulterio, según qué traductor), y venías con la manzana de Adán bajo el brazo, por ser niña. Si llegas a ser niño, habrías traído un pan y quizá, sólo quizá, pero quizá, tu madre no te habría castigado con ese apellido-padrastro.

Las penas con pan son menos, con Pepe fueron más. Muchas más. Jack Nicholson también es ilegítimo, por eso está en contra del aborto, según dijo una vez. No sé de ninguna actriz famosa que naciera bastarda. Recuérdame que lo mire en Internet.

Pepe es la culpa, ésa que has interiorizado, y el pecado, ése bajo el que siempre has vivido. Él te tatuó. Por eso tu refugio son las mujeres que no han sabido liberarse de su condena y presidio. Por eso también desprecias a aquéllas que fracasaron en su intento de fuga y se niegan a regresar a su celda. ¿Síndrome de Estocolmo? No lo sé, no soy psicóloga. Mira que lo siento…